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Por qué ya no leo las listas de ‘lo mejor del año’

Por qué ya no leo las listas de ‘lo mejor del año’

No hay medio cultural que no saque su lista con lo mejor del año. La carrera por el posicionamiento SEO y por ser los primeros en juzgar todo ha comenzado. Y aunque la fórmula aún funciona, es el contenido más aburrido, predecible y manipulable. ¿O te crees que algunos discos están en el top 10 porque realmente lo han escuchado en las redacciones hasta la saciedad?

Es un hecho: el periodismo de listas, refritos y tests de adolescentes se está comiendo con patatas a la prensa tradicional. Buzzfeed se ha convertido en el adalid de ese periodismo en el que vale más una lista con las 10 cosas que se te pasan por la cabeza  camino de tu primera cita o un test que te diga qué tipo de patata frita eres que el mejor periodismo de investigación. Hunter S. Thompson ahora se vería condenado a escribir enumeraciones con Las 10 visiones más chungas que puedes tener si te drogas en Las Vegas, y los temas de Reddit se han convertido en el contenido estrella y facilón que puede sacar del apuro a una redacción sobrecargada de trabajo o falta de ideas. Y al rebufo van buena parte de los medios del planeta, que saben que con cuatro gifs tienen los clicks del día cubiertos.

Pero de todas las listas, las que juzgan qué discos, películas y libros merecen pasar la nota de corte para la posteridad, siguen siendo un género imbatible. Hay quien sólo se acerca al quiosco en diciembre para cotillear qué es lo que ha llegado al número uno, las webs las publican por entregas o con paginaciones infinitas, creando unos cliffhangers más ambiciosos que los de Juego de tronos y todo el mundo se apresura a tuitear lo mala que es la lista de tal o cual medio, que ha dado el trono al disco que no le gusta a uno. Y con lo que nos gusta en España opinar hasta de la cría del somormujo, ahora no hay tuitero o contacto de Facebook que pierda ocasión de sentar cátedra haciendo gala de sus conocimientos. Hay que hacer listas de todo, hasta del mejor estertor.  Pero los entresijos y motivaciones de estos contenidos son mucho más prosaicos, y poner una obra un puesto más arriba o más abajo a veces tiene más que ver con favores, publicidad y filias y fobias del que dirige el cotarro.

La primera vez que te encargan que votes tu lista con lo mejor del año hace ilusión. El plumilla novato se entrega a fondo, emocionado ante la idea de ejercer de líder de opinión (“influencers” los llaman ahora) aunque sea desde la sombra. Se repasa hasta la cara Z del EP que sólo se ha editado en Tombuctú, escucha todos los lanzamientos del año una vez más y revalúa críticas y notas. Pero a medida que pasan los años se pierde la ilusión y cuando recibe el encargo de repasar lo mejor del año le recorre un sudor frío por la espalda: trabajo extra para que al final salga lo de siempre, y las boutades de turno para epatar.

Eso sin contar con los favores camuflados. ¿Que un medio quiere entrevistar a un peso pesado? Pues a dejar en buen lugar a los compañeros de sello. ¿Que se han pedido 15 acreditaciones para un festival porque ha ido de gratis hasta la parienta del mensajero? Pues a poner los conciertos entre lo mejor del año. ¿Que el amigo del jefe tiene un sello-grupo-productora? ¡A la lista! ¿Que el blockbuster que ha criticado toda la redacción ha metido publicidad? Pues hombre, no estaba tan mal:“Serafín, anda, sube esa peli un par de puestos, no sea que el año que viene los anunciantes estén contentos”.

Y, por supuesto, las manías también entran en juego. Confieso que sigo pensando que el tan cacareado concierto de Crystal Castles en el Sónar de 2009 es de lo mejor que he visto, aunque sólo duró unos minutos: puritito punk. Pero no recuerdo haberlo visto en ninguna lista con lo mejor del año, ni siquiera en medios en los que se dedican monográficos al punk y en los que se ensalza a los Sex Pistols. Se e que el punk en plan revisionista está bien, pero que no te jodan la fiesta en el festival, porque eso no puede ser, es una mamarrachada, hay que ver, qué barbaridad.

Así que el mismo plumilla que se empleó a fondo con sus primeras listas, a menudo las entrega sabiendo que la joya que nadie esperaba no va a ser nunca número 1, que el tostón de prestigio que todo el mundo va a poner bien se va al podio de cabeza para que no parezca que el medio de turno no se entera de qué va la vaina y que ese concierto que sólo vieron 5 aunque luego todo el mundo aseguró haberlo visto como mucho aparecerá en mención honorífica.

Que hay favores, que unos votos pesan más que otros y que un medio no va a olvidarse de su patrocinador es algo con lo que cuenta con el lector, pero para lo que nadie está preparado es para los artistas que se pasan por el forro el mejor timing para lanzar un discazo. Beyoncé y Burial son dos de los casos más flagrantes: sorprendieron al mundo lanzando sus últimos discos en pleno mes de diciembre y pusieron en evidencia las listas de lo mejor del año de toda la prensa empeñada en opinar en noviembre (cuanto antes sale una lista, antes la han tenido que preparar en las redacciones, y a menudo se da el caso de redactores que están repasando el año en pleno octubre).

Quienes sacan disco a principios de enero no corren mejor suerte: con la resaca de notazas, elogios, y repasos, pasan casi desapercibidos y para cuando pueden colarse en una lista, parecen tan antiguos que es fácil olvidarlos. Alegranza de El Guincho, por ejemplo, es uno de esos discos que salió a destiempo, y llegó a muchas redacciones con el resumen de 2007 ya publicado. Aunque si uno es retorcido, puede pensar que nada como publicar un bombazo a finales de año para dejar en evidencia a las redacciones de todo el planeta.

Luego está la previsibilidad. “¿Pero cómo no vamos a sacar a X?”. “¡Pero si te has dejado fuera a Z!”. “¡Coño, que llevamos a X en el quinto puesto y toda la prensa lo está dando en el top 1, habrá que subirlo un poco!”. Y, al final, tenemos una colección de listas clónicas, predecibles, que apuestan por lo seguro para no asustar a un lector que a menudo sólo busca la reafirmación de sus propios gustos, el poder fardar ante sus amigos con un “ya te dije que era un discazo/peliculón/novelón”. ¡Y que viva el pensamiento único!

Publicado en Canino (diciembre 2015)

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