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Prora: de Marina D’or nazi a pisos de lujo

Prora: de Marina D’or nazi a pisos de lujo

proraUno de los episodios menos conocidos del nazismo es la construcción de Prora, un demencial complejo turístico en la isla de Rügen destinado a convertirse en el Marina D’Or de la Alemania aria. Setenta años más tarde, las máquinas de construcción han vuelto a Prora para convertir las ruinas en apartamentos de lujo que ya tienen compradores.

Rügen es la mayor isla de Alemania. En pleno Báltico, y a sólo tres horas en de Berlín en tren, sus parques naturales y sus acantilados de caliza, la isla ha sido siempre uno de los lugares de retiro favoritos por los alemanes. Caspar David Friedrich inmortalizó su paisaje, y Thomas Mann y Albert Einstein también frecuentaron la isla. Rügen tampoco pasó desapercibida para el Tercer Reich, y Hitler se empeñó en construir allí un “coloso” (como lo conocen los lugareños) en primera línea de playa destinado a acoger a 20.000 personas.

La construcción del centro de vacaciones se inició en 1936 como parte de Kraft durch Freude (“Fuerza a través de la alegría”), una organización que funcionaba como agencia de viajes y máquina propagandística. El comienzo de la guerra paralizó las obras, y los sueños de Hitler de construir el mayor complejo turístico que jamás hubiera existido (con piscinas, cine y teatro incorporados) quedó frustrado. Pese a todo, la maquinaria nazi tuvo tiempo de erigir un monstruo de edificios que se extienden a lo largo de 4,5 kilómetros y que nada tienen que ver con las construcciones de la zona, y sí mucho con esa estética fría, utilitaria e impersonal que caracteriza toda la arquitectura de la era, ya sea para acoger a los jugadores de los Juegos Olímpicos o para las vacaciones del perfecto trabajador conformista ario.

Llegar a Prora sin coche no es fácil en comparación con otros lugares de Rügen más habitados o explotados por el turismo: hace falta ir a alguno de los pueblos más importantes de la isla y, desde allí, coger un autobús que en invierno sólo sale cada 60 minutos y que sólo pasa por el enclave durante las horas centrales del día. Por el camino sólo se ven bosques y algunas casas bajas, ningún núcleo de población grande, como si nadie quisiera vivir en las inmediaciones de un edificio que recuerda algunos de los episodios más negros de la historia de Alemania. Porque la historia de Prora no es sólo la de la locura de Hitler, sino la de algunos de los episodios más sombríos del país.

Pero ahí emerge el coloso, en plena naturaleza, a sólo unos metros del mar: solitario y, hasta hace poco, relativamente abandonado. Parte del complejo es un albergue juvenil, y frente a él se erige un centro de documentación que repasa la historia de Prora y que recuerda al visitante el episodio más vergonzoso de la Alemania reciente, como hacen aquí en cada esquina, no sea que a base de no recordar su historia estén condenados a repetirla.

Durante la guerra, el que iba a ser el mayor complejo turístico del nazismo sirvió de refugio a miles de vecinos de Hamburgo que tuvieron que abandonar la ciudad, completamente destruida por los bombardeos. Un año más tarde, en 1944, Prora se convirtió en un hospital militar nazi: en ambos casos, era un uso a años luz de lo que Hitler había soñado.

Terminada la guerra, Rügen pasó a formar parte de la RDA, donde los ciudadanos de esa república ‘democrática’ no podían veranear en buena parte de los destinos turísticos del Báltico. En esos años, Prora permaneció cerrado al público, convertido en una zona militar prohibida. Al caer el muro, como tantos otros lugares de Alemania, nadie sabía muy bien qué hacer con aquel frustrado Marina D’Or nazi… y lo dejaron estar ahí, como tantos otros edificios de la antigua RDA que de la noche a la mañana quedaron sin dueño ni uso.

 En 1992, completada la reunificación alemana, y como parte de esa ley de memoria histórica no escrita, abrió sus puertas el centro de documentación y un centro de exposición permanente en el que muestran carteles y fotografías de la época. Pero aún quedaban muchos bloques vacíos, sin uso alguno, y con una historia demasiado pesada a sus espaldas: tirarlo abajo era borrar la historia (además es un edificio protegido por su valor histórico), así que Prora siguió el destino de muchos otros lugares vinculados a su historia reciente: la reconversión. El aeropuerto de Tempelhof, también ideado por Hitler, es ahora un parque cuyas instalaciones sirven de hogar a los miles de refugiados llegados de Siria: el búnker de Mitte, tras haber servido como almacén en la RDA y club en los noventa, acoge ahora una exposición de arte privada con obras de Wolfgang Tillmans y Ai Weiwei entre muchos otros; los cuarteles generales de la Stasi son museo, archivo y también cobijo de refugiados…

En Prora nadie se atrevió a mover ficha hasta 2003, año en que se decidió abrir un albergue juvenil en parte del complejo con capacidad para acoger a 400 personas. En 2007 se abrió una primera fase, y en 2011 se completó, convirtiéndose en el hostal más grande del mundo. Pero la polémica estaba servida, con los neonazis asegurando que el albergue cumplía el sueño de Hitler de ofrecer vacaciones asequibles a los alemanes. Aún quedaban, sin embargo, más bloques a los que dar “salida”, a partir de 2004 se pusieron a la venta y en 2006 dos de los bloques se vendían por 450.000 euros. Con todo el complejo vendido, las máquinas están a todo gas para construir apartamentos de lujo y aparta-hoteles en los que el metro cuadrado se paga entre los 2.500 y los 3.500 euros. Neues Prora se llama el invento, y yo aún me pregunto qué es peor, si el que de forma subrepticia se haya completado el sueño nazi de un centro de vacaciones para toda la familia o el que ha decidido comprarse alli un pisito en la playa.

Publicado en Canino (enero 2016).

 

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