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‘Kiki’ – Construyendo tejido social a través del baile

‘Kiki’ – Construyendo tejido social a través del baile

Foto: Naiti Gáimez
Foto: Naiti Gáimez

Hace 26 años, Paris Is Burning documentaba la escena de baile del underground neoyorquino  haciendo hincapié en el  trasfondo social de esa subcultura. La sueca Sara Jordenö vuelve a abordar el tema para centrarse en cómo el baile se convierte en una red de ayuda para la comunidad LGBT.

Cuesta creer que en pleno siglo XXI salir del armario suponga enfrentarse al ostracismo, al acoso escolar y al rechazo familiar, pero para muchos jóvenes sigue siendo un problema declararse homosexuales, bisexuales o transexuales. Si además esos jóvenes son negros o latinos, en EE.UU. se enfrentan a un problema añadido: el racismo. En Nueva York, desde hace unos años  muchos de esos jóvenes han encontrado en el baile algo más que una vía de escape: una familia.

Sara Jordenö, ganadora del Teddy al mejor documental en la Berlinale, explora en Kiki (2016) la escena del mismo nombre, en la que la comunidad LGBT se organiza en “casas” que funcionan como clubs sociales: allí no sólo se reúnen y bailan hasta desfallecer, sino que reciben información política, sanitaria, social… y sobre todo, apoyo. La excusa es crear grupos de baile que después participan en concursos underground. La “casa” que mejor baila (y que debe hacerlo por un pasillo de gente con reminiscencias del de Soul Train) recibe reconocimiento y un premio en metálico (anecdótico, porque buena parte de estas “casas” están financiadas por asociaciones). Pero sobre todo les sirve para reafirmarse y encontrar el apoyo que la sociedad o su propia familia les ha negado, y dentro de cada casa hay familias con “padres” que velan por sus “hijos” o “hermanos”.

 

Durante cuatro años, Jordenö documentó la vida de un grupo de LGBT. Los acompañó durante el entrenamiento de sus rutinas de baile, las charlas, los debates… e incluso a la Casa Blanca, a donde Twiggy Pucci Carson fue en representación de la fundación True Colors. Cuando terminó el rodaje, Jardenö tenía 150 horas de metraje, pero la directora ha sabido montar hábilmente el material para mostrarnos no sólo cómo celebran la vida y su individualidad con cada baile, sino los problemas a los que se enfrentan, molestándose  incluso en entrevistar a sus madres para que cuenten cómo reaccionaron cuando sus hijos salieron del armario o dijeron que querían cambiar de sexo.

El gran acierto de Jordenö es reflejar los problemas e inquietudes de estos jóvenes sin caer en el victimismo, a ratos incluso con humor, pero sobre todo celebrar su individualidad y sus ganas de vivir pese a la doble o triple discriminación que sufren (racismo, homofobia, machismo) y los problemas que les acechan, muchos de ellos derivados de la precariedad económica a la que se ven abocados por la falta de oportunidades. Como dice uno de sus protagonistas tras la aprobación del matrimonio homosexual, aún queda mucho camino por recorrer para llegar a la igualdad, y hay que luchar por ella desde la base. Sin duda, el premio Teddy al mejor documental está merecidísimo.

Publicado en Canino (febrero 2016)

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