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Los desafíos de la desescalada cultural

Los desafíos de la desescalada cultural

Si pensamos en las dificultades a las que se enfrenta la industria cultural estos días —que han llevado incluso al cierre de Casa Patas, que debiera estar protegida como patrimonio cultural de la humanidad—, cuesta creer que durante las primeras semanas de confinamiento nadie se lo pensara dos veces a la hora de regalar su obra o hacer streams gratuitos. Escritores, djs, músicos, bailarines… nadie escapa al poder del directo vía Twitch o Instagram ni a regalar su trabajo. 

Estábamos ante una situación tan excepcional que, como muy bien apunta Le Parody, vivimos “en shock, entre la maravilla de la desaceleración y la descontaminación, y el horror de la ruptura total de la realidad y sus pactos de futuro…”. Pasada esa especie de hermandad universal que nos hacía creer que el mundo iba a ser un lugar mejor y que de alguna manera recordaba a los albores de internet y a ese afán por compartir conocimiento, la realidad ha caído como un mazazo sobre el sector cultural: a dos meses de parón se suma la amenaza de que el distanciamiento social se prolongue. Toca reinventarse.

Hace unas semanas el teatro alemán Berliner Ensemble subía a las redes sociales una demoledora imagen: de cara a la nueva temporada, han quitado decenas de butacas y las pocas que quedan pegadas al suelo están separadas por unos dos metros. Esa imagen condensaba mejor que mil palabras los desafíos a los que se enfrenta el sector cultural tras la pandemia: sin público pierde su razón de ser, y aunque internet (su otrora enemigo) y las actividades paralelas ofrecen un alivio, sin apoyo institucional y sin aforos completos, su viabilidad está entre las cuerdas.

Le Parody tardó en decidirse a dar un concierto online pero cuando lo hizo, optó por cobrar: el precio lo ponía el público y “la gente fue tremendamente generosa. Repartimos lo que sacamos entre Leo Can, que me teloneó, María Salgado, que estuvo gestionando toda la parte informática y yo. No fue equivalente al caché que cobraría por un concierto en el mundo físico pero fue una cantidad digna y suficiente”, pero como apunta, “un modelo económico basado en la solidaridad obviamente no puede subsistir en la economía del capitalismo, pero quizás ha llegado el momento en que nos abramos a la posibilidad de otras economías”.

Le Parpdy

También es consciente de que a corto o medio o plazo tendrá que buscar “otras posibilidades de ganar dinero o de no necesitarlo. Yo nunca voy a dejar de hacer música, me parece además que es un oficio importante y necesario. Pero yo soy una artista deficitaria, soy un lastre para el sistema de la plusvalía capitalista, siempre lo he sido, hago música rara, no tengo una imagen particularmente vendible… Creo que soy exactamente el tipo de cabeza de peón que rueda primero en una crisis económica. Esto no me hace sentir mal, no me preocupa, pero sí soy consciente de que voy a tener que buscarme la vida de otra manera”.

A medio camino entre la experiencia online y presencial son los conciertos que empezó a celebrar la sala Moby Dick en Madrid a finales de mayo. Hugo García, director de comunicación de la sala, explica por teléfono a El Salto que con la adquisición de cada entrada se te asignaba “un lugar específico” que había que respetar, así como las medidas de higiene (“mascarillas, desinfectante”). Con la barra cerrada y la sala a medio gas, confiesa que una de las razones tras los conciertos era la de “dar ánimos a los técnicos y mostrarles que hay algo de esperanza” y de paso asegurar a los espectadores que se conectaron por internet (“hasta gente de Japón”) una buena calidad de sonido, “ya que iba derecho de la mesa, sin interferencias”. 

Entre el público se vivió como una forma de apoyar la escena que no puede reemplazar la antigua normalidad. Ana, que se conectó online, lo vivió como “una experiencia agradable, simpática, diferente y que para nada sustituye a la experiencia de estar todos juntos” pero imprescindible: “Si te gusta la música en vivo y puedes contribuir, creo que asistir a conciertos online de pago para apoyar a tus bandas o a tus salas favoritas, es una opción que la gente debería considerar, porque en este momento lo necesitan”. Hugo García, de hecho, es tajante cuando se le pregunta por la sostenibilidad: “Si la cosa sigue así mucho tiempo va a ser complicado, ya has visto lo que ha pasado con Casa Patas [anunció el cierre a finales de mayo], nosotros siempre podremos operar como bar, pero como sala de conciertos, en estas condiciones, no es rentable”.

La opción de celebrar conciertos al aire libre manteniendo la distancia social es la que ha llevado al Primavera Sound a organizar “Nits del Fórum”. Aleix Ibars, desde prensa del festival, asegura que aún no puede dar detalles de cómo se organizará el aforo porque “se están desarrollando y ajustando de acuerdo con la administración y según las recomendaciones sanitarias”. Otro factor a tener en cuenta es asegurar la sostenibilidad del ciclo sin subir las entradas de forma drástica a un público empobrecido tras la pandemia: “Los precios y los cachés de los artistas siempre se ajustan en función del aforo y de los gastos de producción, y en este caso también ha sido así”, asegura Aleix.

Fuera de la industria musical, la situación es más compleja dependiendo si se trata de cines, con luz verde para abrir este verano, o salas de teatro, que funcionan por temporadas. La Filmoteca de Barcelona abrirá sus puertas “el 26 de junio, en paralelo a los cines comerciales y ya cuando Barcelona estará en Fase III, con lo que el aforo podrá ser del 50%”, explica Esteve Riambau, su director, a quien no le preocupa que la pandemia desanime al público: “Me consta que nuestros espectadores tienen muchas ganas de volver a ver cine en pantalla grande”, comenta. La apertura será escalonada con 18 sesiones semanales en vez de 27 y la esperanza de aumentar a 24 en septiembre. Al ser una institución pública, la supervivencia de la Filmoteca y sus 50 empleados no está sometida al éxito comercial.

Sassari – Teatro Civico. Foto CC: Gianni Caredu

Para las salas de teatro el reto es mayor: a una temporada que no comprende el año completo se suma la dificultad de reducir el aforo sin que repercuta en el precio de la entrada. Javier G. Yagüe, director de la sala Cuarta Pared, explica que la subida de precios no es una opción porque creen en “un teatro al alcance de todos”. El emblemático teatro está en una situación relativamente privilegiada porque desde el principio optó “por desarrollar otras actividades paralelas que ayuden a financiar la sala, que solo con la taquilla es deficitaria con pandemia o sin pandemia”. 

Casi medio centenar de personas están implicadas en la “exhibición, producción, formación e investigación” de la sala, y aunque están acostumbrados a crisis cíclicas que capean gracias a “la implicación e identificación de todos con el proyecto y la capacidad de sacrificio y compromiso” del personal, reconoce que en esta ocasión hace falta un apoyo extra: las medidas anunciadas por el gobierno, aunque aún sin concretar, son “imprescindibles para resistir en esta situación tan dura”.

Publicado en El Salto (junio 2020)

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