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FKA Twigs: anatomía de la pérdida

FKA Twigs: anatomía de la pérdida

Decir de alguien que estamos ante una de las artistas más interesantes del panorama actual suena tan manido que da hasta vergüenza escribirlo, pero en el caso de FKA twigs es una realidad. En los cinco años que han pasado entre su debut en largo y “MAGDALENE”, la artista ha publicado música con cuentagotas, pero toda de tal calidad que, aunque se retirase ahora, su carrera sería intachable.

FKA twigs es una de esas artistas, cada vez más escasas, que trascienden modas, géneros y épocas. Todo en ella es tan atípico que ni siquiera tiene un nombre artístico al uso: ese FKA –acrónimo para “formerly known as” (“anteriormente conocida como”)– lo añadió tras una reclamación de unas gemelas de las que ya nadie se acuerda (si es que alguna vez se las conoció) que se hacían llamar The Twigs. Parte de esa singularidad se debe, sin duda, al hecho de haber crecido siendo la “rarita”. Criada en Tewkesbury, un pueblo de unos veinte mil habitantes, hija de padre jamaicano y madre inglesa de ascendencia española, con educación católica en un país de mayoría anglicana, aprendiz de soprano con 11 años… Con esos antecedentes era obvio que no iba a encajar fácilmente en su Cheltenham natal, y así lo contaba en la revista ‘Rookie’: con 13 años solo quería ser una persona normal, pero en un colegio de mayoría blanca ni siquiera podía pasar desapercibida. Su mudanza a Londres, lejos de permitirle florecer, la volvió a aislar del resto de la gente porque la veían como a una pueblerina de la que se reían por su acento de “granjera”. En su situación, la mayoría habría optado por mimetizarse, pasar desapercibida y tratar de pillar las migajas de la integración.

Afortunadamente para todos, FKA twigs prefirió no conformarse con ser parte de la medianía y ha hecho de sus rarezas su principal virtud: Tahliah Debrett Barnett ha dejado de ser la rarita de la clase para convertirse en una artista que, a diferencia de muchas, no necesita buscar qué tendencia es la que vende, sino que le basta con ser fiel a sí misma para ganarse el respeto de público y crítica. La prueba está en su último trabajo, “MAGDALENE” (Young Turks-Popstock!, 2019), uno de los álbumes más laureados de 2019 –número 1 en la lista internacional de Rockdelux–, llamado a ser el punto de inflexión que la ponga definitivamente en el lugar que le corresponde. Pero para comprender la importancia que tiene este disco en su carrera no solo hace falta entender de dónde viene, sino las circunstancias en que se ha gestado.

Foto: Matthew Stone

Aunque comenzó orientándose al baile, como contaba a Pablo Gil en estas mismas páginas en septiembre de 2014 (ver RDL 331), fue al llegar a Londres cuando se dio cuenta de que lo que en realidad quería era componer: bailar había sido “mi sueño toda la vida”, explicaba, “pero en cuanto lo conseguí, lo perdí. Me pareció frío y, sin embargo, la música me parecía todo sentimiento. Fue entonces cuando la convertí en mi prioridad”. Pese a tener formación musical, decidió buscar su propia voz antes de lanzarse a grabar. El resultado fue ese “EP1” (2012) que autoeditó en Bandcamp y, algo más tarde, el single “Water Me”, en el que colaboró Arca y cuyo videoclip, codirigido con Jesse Kanda, la puso en el punto de mira. A partir de ahí llegaría el fichaje por Young Turks, la publicación de su segundo EP, “EP2” (Young Turks, 2013), y, finalmente, el debut en largo, “LP1” (Young Turks, 2014), del que hablaba con Rockdelux. Pero, lejos de confiarse, FKA twigs se mostraba cautelosa y seguía sin verse como una artista profesional, “sino como alguien que disfruta haciendo música y que tiene la suerte de contar con un equipo de personas que me ayudan a mostrarla”.


Pese a la buena acogida de su debut, esperar un nuevo álbum de FKA twigs se había convertido en los últimos tiempos casi en un acto de fe: su silencio y los posts de Instagram en los que se la veía más volcada en sus entrenamientos y los varapalos físicos y emocionales hacían temer una discreta retirada o, cuando menos, un impasse dolorosamente largo para sus fans. Los temores se disiparon con la aparición de una serie de fotos promocionales y, por fin, el esperado lanzamiento en abril de 2019 de “Cellophane”, una canción en la que se muestra más vulnerable que nunca y en la que aparece un protagonista nuevo en sus letras: una opinión pública que está deseando que su relación se rompa y para la que ella no es lo suficientemente buena (“they’re waiting / and hoping / I’m not enough”). Cuando su relación con el actor Robert Pattinson se dio a conocer, no solo recibió una atención mediática a la que no estaba acostumbrada, sino que además sufrió ataques racistas por parte de los fans del actor, a los que ella respondió recordando que el racismo es “intolerable tanto en la vida real como en internet”. Pero si hay un tema que planea no solo sobre “Cellophane”, sino sobre la totalidad de “MAGDALENE”, es el de la pérdida. En una entrevista con Zane Lowe para la emisora Beats 1 de Apple Music, hablaba sobre su posoperatorio y recordaba que su familia y sus amigos “se habían ido a casa y no tenía a nadie a quien llamar, no porque nadie te quiera o no, sino porque realmente no hay nadie a quien llamar”.

Si FKA twigs es dada a abordar temas como la maternidad o la sexualidad, estaba claro que enfrentarse a una operación ginecológica y a una ruptura iban a dejar una impronta en el álbum. Las más obvias saltan a simple vista, desde la María Magdalena que da título al disco hasta esa portada a la que se ha tildado de fea porque no se ha querido ver más allá de la foto: deformándose hasta lo grotesco, la artista cuestiona no solo el ideal de belleza y lo que se espera de la mujer, sino la relación con el propio cuerpo, un cuerpo que, no es casual, aparece desencajado y deforme, enfatizando la dificultad de relacionarse con una misma y con el mundo cuando la salud falla. Más allá de lo visible, Barnett tampoco ha pasado por alto las relaciones de poder que se establecen dentro de la pareja, y lo hace a través de unas letras que esconden auténticas puñaladas, desde ese “throw me to the floor / just a little more” (“tírame al suelo, un poco más”) hasta la clásica pregunta de si alguien seguirá a tu lado cuando te haya tenido (“will you still be there for me / once I’m yours to obtain”), pasando por el sentirse como si te hubieran atado en corto (“I never thought that you would be the one to tie me down”), para terminar con el desamor absoluto (“Did you want me all? / No, not for life / Did you truly see me? / No, not this time / Were you ever sure? / No no no, not with me”).

FKA twigs explicaba a Miranda Sawyer en ‘The Guardian’ que una mujer “tiene que ser esta criatura hermosa, y es a lo que debes aspirar para ti misma, pero también hay un componente de hacerlo para obtener la aprobación del sexo opuesto, y eso te lleva a cuestionarte: ‘¿Soy lo suficientemente buena?, ¿estoy haciendo lo suficiente?’”. El análisis de esa mirada masculina es lo que se filtra en sus nuevas canciones: no es que antes no cantase al amor ni expresara dudas, pero ahora, lejos de pedir permiso como hacía en “Good To Love” o de entregarse incondicionalmente como en “Water Me”, se cuestiona las relaciones y muestra su lado más oscuro: el de la dependencia y la vulnerabilidad que siguen a la entrega. Se trata también de una mirada acorde con los tiempos del #MeToo: no nos vale el modelo tradicional de relaciones, y toca señalarlas, cuestionarlas y transformarlas. En el fondo, no hay mucha diferencia entre lo que hacían las riot grrrls de los noventa y lo que hace ella en este álbum, pero cambian las formas: donde las primeras gritaban y daban un puñetazo sobre la mesa, la segunda opta por apelar al baile y hasta por despojar a las canciones de todo artificio, como si antes de darle al botón de grabar hubiera quitado capas y arreglos hasta dejarlas en un esqueleto que, precisamente por su sencillez, emocionan hasta la médula, como sucede con “Cellophane” o “Sad Day”. Si algo hemos aprendido los seguidores de FKA twigs es que es imposible predecir cuál será o cuándo dará su próximo paso, pero el único escenario que no parece posible es el de la mediocridad.

Publicado en Rockdelux (febrero 2020)

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