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Berlín 1945-1989: fotografiando la intrahistoria

Berlín 1945-1989: fotografiando la intrahistoria

Cada 9 de noviembre, los medios y redes sociales se inundan con las mismas imágenes de la caída del Muro de Berlín: caras sonrientes, celebraciones, aglomeraciones en los puestos fronterizos… Forma parte de la mitología de la ciudad, pero decenas de fotógrafos se dedicaron a retratar la ciudad entre el fin de la II Guerra Mundial y la caída del símbolo del telón de acero en una serie de imágenes menos conocidas, pero que narran la fascinante intrahistoria de la capital alemana.

Cuando Bowie rompió el silencio de una década lo hizo con ese “Where are we now?” en el que podíamos ver imágenes de Berlín pintadas con el nombre de la ya desaparecida Tacheles o de un Potsdamer Platz que en nada se parecía al que debió de conocer, mucho más similar a ese descampado con el que Wim Wenders abre El cielo sobre Berlín. No hay ciudad que se libre de la gentrificación, pero pocas han sufrido la transformación de la capital alemana: prácticamente arrasada en el 45 y atravesada por un Muro durante décadas, fue tierra de nadie en el corazón de Europa y la República Federal Alemania recurrió a todo tipo de incentivos para evitar que Berlín Occidental quedara vacía, desde la posibilidad de estudiar en la universidad de forma gratuita a librarse de la mili pasando por hacer la vista gorda ante la okupación de edificios que, en todo caso, poca salida tenían.

Durante esos años, son muchos los fotógrafos que, sin saberlo, se dedicaron a documentar una forma de vida y una ciudad que ya forman parte de un pasado que ocupa más espacio en las páginas de los libros de historia que en la memoria colectiva de una urbe cuya población tiene un 30% de habitantes con raíces extranjeras. Fotógrafos como Herbert Hensky o Will McBride retrataron a los berlineses tratando de reconstruir una ciudad en ruinas, celebrando el fin de la guerra o mirando al futuro con incertidumbre, pero todos comparten una visión parecida sobre la ciudad y tienen acceso a los mismos rincones y personas. Todo cambia en 1961, año en que se construye el Muro, una mitosis que verá cómo dos ciudades evolucionan de forma paralela, a distintas velocidades y con intereses contrapuestos, y quienes la fotografían, sin saberlo, estarán retratando la intrahistoria de una urbe cuya historia aún atrae a miles de personas.

Berlín Oeste, años 60. El policía Michael Schmidt decide fotografiar el distrito de Kreuzberg. “Hizo una serie de fotos de los ‘gastarbeiter’ que vinieron porque en Berlín Oeste hacían falta trabajadores tras la construcción del muro, y en Berlín daban un regalo de 2.000 marcos como crédito a quienes venían a trabajar a Berlín Oeste, y vinieron muchos turcos y serbocroatas y le gustaba mostrar cómo vivían. Es un trabajo muy periodístico, sin idealizar ni embellecer, muy realista, con los niños descalzos y edificios sin remodelar”, explica Thomas Weski, fotógrafo y comisario de la exposición sobre Schmidt que puede verse en el Reina Sofía (MNCARS) hasta el 28 de febrero.

Esas imágenes eran la forma que tenía Schmidt de enfrentarse a la propaganda de la República Federal, que mostraba a migrantes felices en instalaciones y oficinas relucientes. Al otro lado del Muro, Harald Hauswald (cuya obra podrá verse a partir del 11 de diciembre en la galería C/O de Berlín), que con su fotografía callejera desafiaba tanto el relato oficial de la RDA que la Stasi se dedicó a registrar cada uno de sus movimientos: “La fotografía oficial de la RDA era propaganda, todo era bonito y colorido, pero no era así para nada y me interesaba mucho hacer reportaje social”, recuerda.

En sus fotos vemos imágenes cotidianas de Berlín en las que los jóvenes miran sin miedo a la cámara, algo ahora insólito en una ciudad tan celosa de su intimidad que puedes meterte en problemas legales si fotografías a alguien en la calle sin su consentimiento: “Entonces era distinto, creo que la principal diferencia entre Este y Oeste es que no había miedo de los medios de comunicación porque no había paparazzis ni prensa sensacionalista en la RDA, y se podía hacer fotos a los niños jugando y fotografiar a la gente con relativa libertad, igual que en los años 20 y 30 en Estados Unidos. Solo me ha pasado dos veces que alguien no quisiera que le fotografiase”. 

Algo parecido explica Jürgen Hohmuth, quien se mudó de Köpenick a Berlín en los años 70: “La gente no era tan desconfiada porque no se hablaba de protección de datos y era bastante más fácil. También podías preguntar a la gente si les podías hacer una foto sin problemas”.

La subcultura también es un tema recurrente en la fotografía de los 70 y 80: en Berlín Oeste se podía desarrollar sin problemas, aunque no era fácil retratar a sus protagonistas. En esas ocasiones, a Schmidt no le importaba tanto lograr la foto perfecta como “el concepto, mostrar la oscuridad, la atmósfera —explica Weski—, y pudo filtrarse a través de su hija Olivia, que tenía entonces 15 o 16 años y pertenecía a la escena. Schmidt era un hombre pequeño, que parecía un boxeador, y como buen berlinés, podía ser muy directo. Michael fotografió a mucha gente joven y a hacía las fotos con flash y en cuestión de segundos para no perder esa impresión, son retratos incómodos, en los que busca la confrontación”.

Prenzlauer Berg en los 80, por Jürgen Hohmuth

En la RDA los enemigos de la contracultura no eran los fotógrafos, sino la Stasi y el Gobierno: “Prenzlauer Berg estaba lleno de gente muy distinta, pero se les aceptaba a todos, y se desarrolló una subcultura aunque la Stasi les vigilaba, también vino mucha gente de fuera, muchos punks, gays, trans y muchos artistas, músicos y escritores”, explica Hohmuth. Hauswald añade que la cultura se desarrollaba de puertas adentro: “Hacíamos exposiciones privadas, en casas, en clubs de juventud, en iglesias… Expuse mucho en la RDA, era muy fácil, la gente abría las puertas de su casa más fácilmente porque la cultura tenía lugar en el ámbito privado. No había apoyo público ni estatal pero era muy interesante porque todo pasaba en casa, hasta la oposición se reunía en las iglesias, la oposición más extrema estaba allí, porque los católicos podían reunirse fácilmente y mostraban solidaridad con todo y la oposición se podía reunir en las iglesias”.

Un motivo recurrente son esas calles casi fantasmales, en las que apenas se ve gente, esos edificios con marcas visibles de la guerra y esa tierra de nadie que eran las calles cercanas al Muro. “Antes de la caída del muro, construir en esas zonas era tabú”, explica Hohmuth, “y en los edificios que estaban junto al Muro solían vivir los policías fronterizos, agentes de la Stasi… y tampoco era fácil acercarse porque vigilaban quién se acercaba”. También asegura que “en los 90 empezó a cambiar todo y ahora es fácil olvidar cómo era la ciudad, los edificios estaban en ruinas. Berlín tiene un carácter muy especial que aún atrae a mucha gente, aunque a la vez mucha de la gente que viene gentrifica la ciudad”.

Harald Hauswald – Kastanienallee, 1986

Hauswald, por su parte, lamenta la pérdida de personalidad de Berlín en las últimas décadas: “Berlín entonces era emocionante, intensa e interesante, porque después de la guerra había que construir todo de nuevo salvo en Prenzlauer Berg. Tras la guerra, Prenzlauer Berg y parte de Kreuzberg se parecían mucho, pero tras la caída del Muro cambiaron muchas cosas, algunas fueron positivas y a nivel cultural fue grandioso, pero ahora se ha construido mucho y muy rápido y es todo una mierda, arquitectónicamente tampoco es bonito, pero desgraciadamente eso es algo que está pasando mucho en Berlín. Aún se pueden encontrar esquinas y rincones especiales, pero es una pena que todo se haya construido tan mal, pero había que hacerlo rápido. Berlín también podía presumir de ser una de las ciudades más baratas hace 20 años, pero ya no”. 

Schmidt también sintió una atracción especial por esa tierra de nadie junto al Muro: “Son fotografías con muy buena composición y en las que no hay gente —comenta Weski— y muy grises porque creo que se quería emancipar de su trabajo más periodístico y aquí descubre los grises, además era invierno y aún se usaba carbón. También fotografiaba cosas como las plataformas para que los turistas pudieran mirar por encima del muro”.

Y aunque ese blanco y negro es el que ha pasado a formar parte del imaginario del Berlín dividido, Hauswald aclara que “lo que ahora vemos de la RDA entonces era nuestra normalidad, Berlín no me parecía gris entonces, tampoco colorida, pero no gris”.

Publicado en El Salto (noviembre 2021)

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